martes, 23 de diciembre de 2014

Historia del fútbol: evolución cultural


I. El juego y lo humano
    Aparece como algo consustancial a la especie humana, el juego es tan antiguo como la propia humanidad. El ser humano ha jugado siempre, en todas circunstancias y cualquier cultura. Desde la niñez el ser humano ha jugado más o menos tiempo y a través del juego ha ido aprendiendo pautas de comportamiento que le han ayudado a convertirse en adulto y por tanto a vivir. Las personas necesitan del juego y no sólo en la niñez sino a lo largo de toda su vida. Los juegos conceden a posibilidad de seguir siendo niño sin perder la condición de ser adulto.
    El juego es una respuesta psicobiológica a la vida. Me atrevería a afirmar que la identidad de un pueblo está fielmente unida al desarrollo de sus juegos, que a su vez son generadores de cultura. Podemos partir de la tesis de que el juego es un importante pilar en el proceso de humanización, un fenómeno antropológico único, es una constante en todas las civilizaciones, ha estado siempre unido a la cultura de los pueblos, a su historia, a la tradición, costumbres, a lo mágico, a lo sagrado, al amor, al arte, a la lengua, a las guerras; han servido de comunicación entre pueblos, facilitando la comunicación entre los seres humanos.
    Muchos son los motivos por o para los que jugar y a su vez el juego es autotélico. Observamos que jugar se convierte en la primera asignatura en la vida del ser humano, no tiene ni convocatoria ni fecha concreta para aprenderla, se puede aprender en cada momento porque acompaña al ser humano durante toda la vida, ¿puede haber algo más importante?. El juego debe tener un papel predominante y debiera apuntar a la búsqueda del equilibrio vital, a la realización personal y social. Apoyo la teoría de Felskenian (1978) que nos invita a reflexionar acerca de un objetivo de la educación tan natural como sencillo "Sería ideal que el objetivo de la educación fuera la felicidad". De esta manera el juego cumpliría un rol de garantía humanística, convirtiéndose en un buen camino para la formación en la vida.
    Rojas (1998) va más allá al realizar una afirmación tan categórica como hermosa "la meta del hombre en la vida es ser feliz". Sin duda siguiendo esta hipótesis, el juego sería herramienta clave en la educación y en la recreación, pues contribuye a alcanzar la felicidad porque precisamente en él está parte de nuestra felicidad, ayuda a conocernos a nosotros mismos y contribuye a alcanzar una meta en la vida, conociendo a los demás y adaptarnos al entorno.
    Los juegos de pelota, y particularmente el fútbol, ofrecen una estructura lúdica que conecta parte del "yo" y de "lo social", así como los valores y contradicciones de la cultura. El fútbol, como fenómeno social total y como universal cultural del nuevo milenio, como juego y deporte es un fenómeno global que ofrece una estructura y cumple con la misión de cubrir la necesidad lúdica que tiene el ser humano en la vida.

II. El juego y la pelota
    Ya hemos visto que los juegos constituyen una respuesta vital, quizás sea ésta la explicación de por qué nos gusta tanto jugar. Pero, de manera especial, los juegos que más gustan, los que encantan a pequeños y grandes, y en los que más disfrutan desde hace miles de años, son los juegos de pelota. El juego de pelota se remonta a los primeros albores de la historia.
    Probablemente sea la esfera la forma geométrica más generalizada en el Universo, desde el descubrimiento del átomo del filósofo Demócrito; y sin duda, es la pelota, esfera de cualquier materia, el elemento lúdico más primitivo, el más usado en juegos de niños y hombres. Por tocar la pelota en un solo punto el plano que lo sustenta, es sumamente sensible al más mínimo impulso o el más ligero desnivel de plano de sustentación, moviéndose con extraordinaria facilidad, conservando siempre su equilibrio sobre cualquier punto de superficie.
    Las bayas esféricas, los frutos redondos o los cantos rodados sirven a los animales jóvenes, para descargar en sus juegos sus vitales e incontenibles energías vegetativas. De igual manera, los niños, desde muy temprana edad, se sorprenden, gustan y disfrutan con la fácil movilidad de las formas esféricas. Pero nos damos cuenta que de manera activa o pasiva, el ser humano cuando acaba su adolescencia sigue atraído de forma especial por los juegos de pelota.
    En un primer momento de la historia, cuando el ser humano necesitó para sus juegos formas esféricas de distinto tamaño, peso y elasticidad, utilizó las naturales que tenía a mano, y a modo artificial las manipuló, construyéndolas así de diferentes materias: de hueso, de piedra, de madera, de barro cocido, de metal, de vidrio, con adornos o sin ellos, con o sin color, para todos los gustos para saciar la necesidad del juego.
    El ser humano evoluciona hacia un estrato técnico más elevado y confeccionaría las pelotas con materias como la arena, crin, hierbas verdes o secas, con fundas de forma esférica hechas con corteza, de harinas, de burdo tejido o de cuero, y más adelante devanaría, en torno a un núcleo elástico o neutro, como fibras elásticas, vegetales o animales (vejiga hinchada y cuero de animal).
    Pero la confección de la pelota evoluciona y así surgen las mejores pelotas, hechas de un material más elástico, más sensible a la acción de quien juega y a la reacción del impulso dado por la propia pelota. Hablamos de las mejores pelotas, hechas con la goma americana, las macizas de ulli o caucho, usadas por los precortesianos de Méjico y de América Central. Más tarde aparece la pelota, de goma también, pero huecas, de caucho vulcanizado, producto industrial del siglo XIX que revoluciona los deportes, especialmente el fútbol.
    También hay pelotas que no botan, neutras; se suele decir de las pelotas elásticas que son pelotas vivas, sensibles a cualquier empuje, que botan en el pie, en el puño, la rodilla y cabeza, en el suelo o la pared; las pelotas muertas, sin embargo, que no botan, se usan desde la antigüedad grecorromana hasta nuestros días, han sido de arena, de harina, de salvado... y las pelotas vivas de crin, de trapo y lana, de corteza, de corcho, de bejuco, vidrio, marfil o goma: maciza o hueca, caucho o cuero.
    Entre sus formas más antiguas citamos las de barro pintado del viejo Egipto, las trenzada de fibras vegetales de la Indochina, las de ocho piezas de cuero y rellenas de pelo de la Antigua China, las de madera, las prensadas de pelo animal, las de vejiga de animal hinchadas de aire, las hechas con plumas, las de hierba, las de caucho macizo y elástica de la América Precolombina.
    La pelota debe considerarse el arquetipo de los instrumentos o materiales del deporte. La pelota es como la tierra: redonda, símbolo de humanidad, como el átomo, y el mundo, como el universo, es el signo de microcosmos personal y del macrocosmos social. La pelota nos simboliza la vida del ser humano y la vida del ser humano en el mundo, símbolo de vida, interna y externa, búsqueda de un espacio vital en la tierra, la pelota es en la vida, a su vez, lo que mejor se escapa a las leyes de la vida. Sobre la tierra tiene la extraterritorialidad de un átomo, una bomba, un proyectil, un mensaje domesticado. El aquí, el allí, el ahora, el mañana, lo material, lo espiritual, lo real, lo mágico, la bondad, la fe, la ilusión, el sueño, la razón, la imaginación, la posibilidad de crecer, de amar, de movernos, de progresar, de abrirnos con y hacia el mundo, de crear. La pelota o el balón simboliza los estados vitales del ser humano: lo corporal, lo psíquico, lo emocional y lo espiritual.
    Consideramos que el fútbol, como juego de pelota, por su implicación física, psicológica y emocional debiera desempeñar en el siglo XXI un rol de garantía humanística.

III. El fútbol: evolución cultural
    No deja de ser curioso que entre todos los juegos de pelota, los que más han llegado a las gentes han sido los de puerta. Pero especialmente el juego de pelota que ha fascinado a grandes y pequeños, a lo largo de toda la historia hasta la actualidad ha sido el fútbol, rey de todos los juegos. El ser humano tiene un ansia, una necesidad de jugar que queda totalmente colmada con este juego, tanto de manera activa como pasiva, y en cada una de las etapas evolutivas. El fútbol ofrece una respuesta vital al ser humano, que tiene necesidad lúdica.
    Buscando en la tradición de este juego, el fútbol tiene unas raíces muy profundas. Nos parece más adecuado, para seguir la pista de este fenómeno social y cultural, utilizar el modelo de Elman Service (1963), reestructurado por Morton Fried (1975) y adaptado por Blanchard y Cheska (1986). Este modelo establece cinco niveles de adaptación socio-cultural.

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